El muro de arena nos alcanzó antes de que pudiéramos divisar la costa. Era una pared ocre que devoraba la luz del sol, convirtiendo el mediodía en un crepúsculo sucio. Los caballos, aterrados por el viento que les llenaba los pulmones de polvo, se detuvieron frente a una estructura de hormigón que emergía de las dunas como el esqueleto de un gigante: la antigua estación central de paso hacia el norte.
—¡Dentro, rápido! —gritó Liam, tirando de las riendas para guiar a los animales hacia el inter