El Archivista nos guio por una trampilla oculta tras una vieja taquilla de billetes. El aire cambió instantáneamente: del polvo seco de la tormenta pasamos a una humedad densa, cargada de salitre y moho. Estábamos en los túneles de servicio, un nivel por debajo de las vías del metro, donde el rugido de la superficie se convertía en un goteo rítmico y amenazante.
—Aquí abajo, el tiempo no se mide en horas, sino en la marea —susurró el Archivista, apagando su linterna para evitar ser detectados d