Nos refugiamos en el sótano de una antigua imprenta de periódicos, un lugar donde el olor a tinta seca y aceite de máquina parecía protegernos del caos exterior. Marcus bloqueó la entrada con una prensa oxidada mientras Liam encendía una lámpara de queroseno. La luz amarillenta tembló sobre la carpeta azul, cuyas cubiertas de cuero estaban manchadas de hollín y agua salada.
—Ábrelo, Marta —dijo Liam, su voz apenas un susurro. Sus manos aún temblaban por la adrenalina del escape.
Abrí el registr