El puerto de Casablanca era un cementerio de grúas oxidadas que se alzaban contra la luna como esqueletos de gigantes olvidados. Sin la gestión automatizada de la Logia, el muelle se había convertido en un estado feudal gobernado por los Piratas del Estrecho, hombres que comerciaban con lo único que seguía teniendo valor: combustible, grano y vidas humanas.
—Según la lista de mi madre, Omar debería estar en el sector del muelle 4, en una antigua bodega de salazones —susurré, mientras nos movíam