El aire en el valle de Sant Llorenç cambió de textura en cuestión de horas. Ya no era el viento limpio de la montaña; era una neblina eléctrica, un polvillo púrpura que brillaba con una luz propia bajo el sol del mediodía. Me encontraba en la cocina de la casona, intentando sostener una taza de café, pero mis manos temblaban con una frecuencia que no era la mía.
—¿Lloverá hoy? Las cabras tienen hambre... ¿Por qué me mira así el panadero? Tengo miedo de la oscuridad... —las voces no venían del e