El aire a tres mil metros de altura era una navaja de cristal que nos cortaba los pulmones, pero era un alivio bendito. Aquí, donde el granito desnudo y el hielo eterno dominaban el paisaje, el polen púrpura se volvía ralo, incapaz de mantener su cohesión eléctrica frente a los vientos huracanados del norte. Liam me ayudaba a subir por una chimenea de roca natural, su mano enguantada apretando la mía con una fuerza que era lo único que me impedía desvanecerme.
—Casi estamos en la cresta, Marta