El primer signo no fue una intrusión, sino un cambio en el olor del aire. El aroma dulce de los pinos y la tierra mojada por el deshielo fue reemplazado, de pronto, por el olor metálico y punzante del ozono. Me encontraba en el pequeño huerto detrás de la casona, observando cómo los primeros brotes verdes perforaban la capa de nieve restante. De repente, mi muñeca derecha ardió. La cicatriz en espiral, que había permanecido blanca y silenciosa durante meses, se tiñó de un violeta eléctrico que