Calvin Monteverde
La noche estaba cargada de un silencio inquietante, como si la mansión Monteverde, con toda su opulencia, estuviera conteniendo el aliento. Me encontraba en la sala principal, sentado en uno de los sofás de cuero italiano que costaban más que algunos autos, pero ni el lujo ni la comodidad lograban calmar mis nervios. Frente a mí, una mesa de caoba perfectamente pulida estaba desordenada: vasos de whisky a medio vaciar, colillas de cigarros apagadas de forma brusca, y papeles d