Los días siguientes en San Lorenzo se deslizaron con una lentitud casi líquida, como si el tiempo se hubiera espesado bajo el peso de lo no dicho. El aire en la mina ya no solo olía a ozono y hierro, sino a una expectativa eléctrica que hacía de cada encuentro fortuito en los túneles una pequeña sacudida para el alma. Killian ya no era el hombre que llegó con trajes que valían más que la maquinaria del hangar; ahora, su piel se había curtido bajo el sol de montaña y sus manos, antes impecables,