Faltaba apenas una semana para que el mes de inspección llegara a su fin, y en San Lorenzo, el tiempo se había espesado como la miel. Ya no eran dos extraños midiéndose las sombras; ahora, se buscaban con la inercia inevitable de los planetas. El polvo rojo de la mina parecía haberles teñido el alma, creando un mundo propio donde las jerarquías de Londres o las exigencias de los Draken no podían entrar.
Debido a esa cercanía, sus tardes se habían convertido en un ritual sagrado. Al terminar el