La camioneta negra avanzaba por el camino de grava, y el sonido de las piedras triturándose bajo las ruedas le recordaba a Elowen el latido de su propio corazón: rápido, asustado y pesado. Cuando finalmente cruzaron los portones de hierro forjado de Hollow Cliff, sintió que el aire se volvía pesado de repente, como si el lujo exagerado de aquel lugar le robara el oxígeno.Elowen no miraba los jardines con asombro, como haría cualquier visitante. Al contrario, los miraba con náuseas. Cada estatua de mármol blanco y cada seto perfectamente podado le recordaban los años que pasó allí, agachando la cabeza y caminando por las sombras, antes de que Beatrix lograra echarla definitivamente a la mina de San Lorenzo. Ella siempre pensó que la mina era un castigo, un infierno de polvo y frío; pero allí arriba, entre las piedras y el viento, había descubierto por primera vez lo que era la dignidad. Allí era una mujer con un nombre; aquí, en esta mansión, era solo un error que la familia necesitab
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