Killian avanzaba por el pasillo del hospital con paso lento, pero con una determinación que nacía de lo más profundo de su ser. Cada movimiento le provocaba un dolor punzante en las costillas, un recordatorio constante de los días que había pasado enterrado en la mina, y un mareo persistente lo obligaba a detenerse y apoyarse en las paredes blancas y frías de vez en cuando. A pesar de su debilidad física, solo tenía una meta en su mente: llegar a la habitación de Elowen. Necesitaba ver a Elowen