Capitulo 5

El sol de la mañana siguiente no trajo calidez, sino una claridad cruda que parecía exponer cada pensamiento que Killian había tenido en la gruta. Se despertó con el cuerpo tenso, recordando la sensación del peso de ella sobre él y la suavidad de su piel bajo su pulgar. Durante años, Killian había obtenido lo que quería con una sonrisa o un cheque; pero ahora, por primera vez, se sentía como un intruso esperando una migaja de atención de una mujer que parecía decidida a borrarlo de su existencia.

Salió al hangar con una determinación renovada, pero se detuvo en seco al ver la escena. Elowen no estaba sola. Estaba rodeada de tres operarios, discutiendo ruidosamente sobre el cargamento del día. Llevaba el casco calado hasta las cejas y su lenguaje corporal era defensivo, cerrado, como si hubiera construido una muralla de hierro a su alrededor durante la noche.

—Elowen —llamó Killian. Su voz sonó más fuerte de lo que pretendía en el espacio hueco del taller.

Ella se tensó visiblemente, pero no se giró de inmediato. Terminó de dar una instrucción a un operario, anotó algo en su tabla con una energía nerviosa y, solo cuando no le quedó más remedio, giró la cabeza. Sus ojos grises, que anoche brillaban con vulnerabilidad bajo las estrellas, ahora eran dos piezas de granito frío.

—Señor Draken —dijo ella. El uso del título formal fue como un bofetón helado—. El informe técnico de la veta sur estará listo al mediodía. No es necesario que supervise el proceso hoy; el equipo y yo nos encargaremos de las mediciones manuales.

Killian apretó los dientes, sintiendo una punzada de irritación mezclada con una fascinación creciente. La distancia que ella acababa de imponer era más profunda que cualquier pozo de la mina.

—Ayer acordamos que revisaríamos las densidades juntos —replicó él, acercándose lo suficiente para que solo ella lo escuchara—. No creo que sea eficiente cambiar el plan de trabajo solo porque la luz en la gruta fue... reveladora.

Elowen apretó los labios y finalmente lo miró a los ojos. Había miedo en su mirada, pero no miedo a él, sino a lo que él le hacía sentir.

—Hoy tengo mucho trabajo, señor Draken. Si me disculpa, las máquinas no se arreglan solas.

Se dio la vuelta y se alejó hacia el elevador, dejándolo plantado en medio del polvo rojo.

Durante las siguientes cuatro horas, Killian se convirtió en una sombra. No la presionó físicamente, pero se aseguró de estar siempre en su campo de visión. La observó desde la distancia mientras ella cargaba cajas de muestras; la siguió con la mirada cuando ella subía a las pasarelas metálicas.

Él podía ver que ella estaba afectada. Elowen cometía errores pequeños: se le caía una herramienta, tropezaba con un cable, miraba hacia donde él estaba y apartaba la vista con rapidez cuando sus ojos se encontraban. Killian sabía que ella estaba luchando contra el mismo recuerdo que lo atormentaba a él.

Se suponía que la mente de Killian debía estar ocupada en las cifras de exportación, en la pureza de los zafiros que salvarían el imperio de su familia y en la logística del contrato que lo encadenaría a un futuro de oro. Pero, cada vez que intentaba concentrarse en los documentos, el brillo de las piedras se transformaba en el recuerdo del gris tormentoso de los ojos de Elowen.

Desde la barandilla de la pasarela superior, la observó sin que ella lo notara. Elowen estaba abajo, en el patio de carga, moviéndose entre cajas de madera reforzada. No pedía ayuda; sus manos, expertas y decididas, manejaban el peso con una eficiencia que a Killian le resultaba hipnótica. La vio subir a las estructuras metálicas, trepando con la agilidad de quien conoce cada remache y cada mancha de óxido de ese lugar. El sonido de su llave inglesa contra el metal rascaba el silencio del valle, y Killian se sorprendió a sí mismo preguntándose cuántas capas de dureza había tenido que construirse esa mujer para sobrevivir en un mundo que, por norma general, intentaba ignorarla o aplastarla.

Por su parte, Elowen sentía la mirada de Killian como una quemadura invisible en la nuca. Podía sentir el peso de su atención incluso a través del ruido ensordecedor de las cintas transportadoras. Cada vez que el eco de unas botas de cuero golpeaba el suelo metálico, su pulso traicionero se aceleraba, marcando un ritmo que nada tenía que ver con el trabajo. Sabía que ese hombre era el peligro personificado; no por su arrogancia, sino por la forma en que la miraba, como si pudiera ver más allá de la grasa y el cansancio. Él representaba el poder, la riqueza que llega de paso y se marcha dejando solo cenizas. Ella se obligó a apretar un perno con más fuerza de la necesaria, ignorando que el frío del acero le entumecía los dedos, intentando convencerse de que lo que había pasado en la gruta solo había sido una mala jugada de la penumbra.

Cerca de la hora del almuerzo, la lluvia comenzó a caer con una fuerza violenta, transformando el polvo rojo en un fango espeso que hacía imposible el trabajo exterior. Elowen se refugió en el cobertizo de herramientas del nivel inferior para organizar unas estanterías, creyendo que por fin tendría un momento de paz lejos de la mirada azul e inquisidora de Killian.

El cobertizo olía a aceite viejo, aserrín y humedad. Ella estaba intentando alcanzar una caja pesada de pernos en el estante superior cuando sintió una presencia a su espalda. No necesitó girarse para saber quién era; el aire pareció volverse más denso de repente.

—Déjame ayudarte —dijo Killian, colocándose justo detrás de ella.

Él extendió el brazo por encima de su cabeza, rozando el hombro de ella, y bajó la caja con una facilidad insultante. Elowen se quedó inmóvil, atrapada entre el estante y el pecho de Killian. Podía sentir el calor de su cuerpo envolviéndola, rompiendo todas las promesas que se había hecho de mantener la distancia.

—Te he dicho que no necesito tu ayuda —susurró ella, aunque no se movió. Su voz era un hilo frágil.

—Y yo te he dicho que no me voy a ninguna parte —respondió él. Killian bajó la caja, pero no se retiró. Apoyó una mano en el estante, bloqueándole la salida—. ¿Por qué huyes, Elowen? Lo que pasó anoche no fue un error. Fue lo más real que me ha pasado en este último tiempo.

Elowen se giró bruscamente, quedando a centímetros de su rostro. Sus ojos estaban empañados por una mezcla de rabia y deseo contenido.

—Es real para ti porque puedes permitirte que lo sea —le soltó ella—. Tú eres un Draken. Mañana podrías decidir que te aburres y comprarte una mina nueva. Pero para mí, esto es mi vida. No puedo jugar a los romances de verano con alguien que vive en un mundo que a mi no me pertenece.

Killian la observó en silencio. Notó cómo le temblaban las manos a pesar de su tono duro. En ese momento, se dio cuenta de que no quería besarla por capricho; quería besarla para demostrarle que él también estaba harto del mundo de cristal donde vivía.

—No estoy jugando —dijo él con una seriedad que la dejó desarmada—. Te miro y no veo a una técnica, ni veo un negocio. Veo a la única persona que no me ha pedido nada desde que llegué.

Elowen bajó la cabeza, dejando que un mechón de pelo cayera sobre su rostro. Killian, con una suavidad que no sabía que poseía, se lo apartó tras la oreja. Sus dedos rozaron su piel y ambos soltaron un suspiro contenido.

La tensión en el cobertizo era casi sólida. Killian acunó su rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo. Estaba a punto de romper el muro definitivo, a punto de demostrarle que este mes era solo el principio... cuando un golpe rítmico en la puerta de zinc los sobresaltó.

—¡Elowen! ¡Draken! —Era la voz de uno de los operarios veteranos—. La bomba de desagüe se ha obstruido con el barro de la lluvia. ¡Si no la sacamos ahora, el nivel inferior se va a inundar!

Elowen se separó de Killian como si hubiera recibido una descarga. Se aclaró la garganta, se ajustó la chaqueta y recuperó su máscara de frialdad en un segundo, aunque sus mejillas seguían encendidas.

—Tenemos que ir —dijo ella, sin mirarlo a los ojos—. El trabajo es lo primero.

Killian se quedó solo en el cobertizo un momento, apretando los puños. Odiaba las interrupciones, odiaba la mina y, sobre todo, odiaba lo mucho que esa mujer se le estaba metiendo bajo la piel. Pero al final, sonrió. Ella podía huir todo lo que quisiera, pero los dos sabían que el aire entre ellos ya había cambiado para siempre.

Pasaron el resto de la tarde trabajando bajo la lluvia, cubiertos de fango y agua helada, ayudando a los mineros a salvar el equipo. Fue un trabajo agotador, pero al final, cuando la bomba volvió a funcionar y todos celebraron con un grito de alivio, Killian y Elowen compartieron una mirada a través del patio embarrado.

No hubo palabras, pero hubo una promesa silenciosa. Killian se dio cuenta de que le quedaban tres semanas en ese lugar. Tres semanas para enamorarla, para romper sus defensas y para descubrir quién era esa mujer que hablaba de piedras con alma. No sabía que estaba construyendo un paraíso que él mismo tendría que destruir cuando el mes terminara y su verdadera vida, la de los contratos y el apellido Vanderbilt, viniera a reclamarlo.

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