Capitulo 2

El viaje hasta las minas de San Lorenzo fue un recordatorio constante de lo mucho que Killian Draken odiaba la ineficiencia. El aire acondicionado del todoterreno apenas podía contra el calor seco de la región, y el polvo rojo se filtraba por las rendijas, ensuciando su reloj de platino y su camisa de lino italiano.

A medida que el vehículo se adentraba en la garganta de la montaña, la civilización quedaba atrás, reemplazada por un paisaje de fábricas industriales y estructuras de acero oxidado que parecían esqueletos de gigantes.

Killian observaba el horizonte con desgano; en su mente, esto era solo escapada de treinta días antes de que la soga del compromiso se cerrara definitivamente en torno a su cuello. Era, en definitiva, un mes de polvo antes de una vida de seda.

—Llegamos, señor Draken —anunció el chófer, deteniéndose finalmente frente a un hangar que parecía sostenerse por pura voluntad.

Killian bajó del coche y el calor lo golpeó como un muro físico.

 El ruido allí era ensordecedor: taladros neumáticos, cintas transportadoras y el rugido constante de los generadores. Se ajustó las gafas de sol, buscando con la mirada a algún comité de bienvenida o algún gerente servil que le ofreciera agua fría y una oficina con aire acondicionado, pero no hubo nada de eso.

A unos metros, una figura estaba inclinada sobre un motor abierto de una cinta transportadora. Llevaba unos pantalones de lona llenos de grasa, una camiseta blanca que se pegaba a su espalda por el sudor y el cabello recogido en un nudo caótico que apenas dejaba ver su nuca.

—¿Dónde está el encargado? —preguntó Killian, alzando la voz por encima del estruendo.

La figura no se movió. Estaba forcejeando con una llave inglesa, y sus brazos delgados pero definidos se tensaban con el esfuerzo.

—¡Eh! —insistió Killian, acercándose un poco más—.

Estoy hablando contigo. Ante la insistencia, la mujer soltó un gruñido de frustración, dio un último tirón y, tras un sonido metálico de encaje, el motor volvió a rugir con un ritmo constante. Solo entonces se incorporó, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo y dejando una mancha de aceite negro sobre su piel.

Al girarse, Elowen mostró unos ojos de un gris tormentoso que recorrieron a Killian sin un ápice de admiración.

 Para ella, él era solo otra interrupción cara en un día de trabajo interminable.

—El encargado está en la capital intentando que no le embarguen la maquinaria —respondió ella, mientras guardaba la llave inglesa en un cinturón de herramientas—. Y si buscas el baño, está detrás de aquel cobertizo. Aunque dudo que tus zapatos de gamuza sobrevivan al trayecto.

Killian se quedó mudo un segundo. Estaba acostumbrado a que las mujeres se detuvieran a mirarlo, a que sonrieran de medio lado o ajustaran su postura, pero esta mujer lo miraba como si fuera un simple estorbo arquitectónico.

—Soy Killian Draken —dijo él, esperando que el apellido surtiera su efecto habitual.

Elowen, sin embargo, se limitó a arquear una ceja. Tomó una botella de agua tibia y bebió un largo trago antes de contestar.

—Felicidades. Yo soy la persona que va a evitar que compres una caja de cristales de colores pensando que son zafiros de primera.

Si el apellido viene con un manual de instrucciones sobre cómo no estorbar, te sugiero que lo leas.

Killian sintió una punzada de irritación, pero también un interés que no había sentido en años. La arrogancia de ella no era impostada; era la confianza de alguien que sabe exactamente lo que hace.

—Vengo a supervisar el lote de exportación —continuó él—. Arthur Vanderbilt me aseguró que tendría a su mejor técnico aquí para asistirme.

Elowen soltó una risa seca, una que no tenía nada de cortesía.

—Vanderbilt dice muchas cosas para cerrar tratos. Sí, soy yo. Elowen. Y no te voy a "asistir", Draken. Tú vas a observar, vas a firmar los formularios que yo te pase y, con suerte, no te desmayarás por el calor antes del almuerzo.

—No tienes idea de quién soy, ¿verdad? —preguntó él, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa intensidad magnética que solía desarmar a cualquiera.

Elowen no retrocedió. Se limitó a mirarlo a los ojos, sosteniéndole la apuesta.

—Sé que eres el tipo que necesita mis informes para que su empresa no se hunda. Eso te hace un cliente, no un dios. Ahora, si ya terminaste de presentar tu currículum, tengo una prensa hidráulica que calibrar. ¿Vienes o vas a esperar a que te traigan una alfombra roja?

Se dio la vuelta y echó a caminar hacia el fondo del hangar sin mirar atrás. Killian se quedó allí, parado en medio del polvo rojo, con el ego magullado y una extraña sonrisa empezando a dibujarse en su rostro.

En un mundo donde todo se compraba, acababa de encontrar algo que ni siquiera sabía que existía: alguien a quien él no le importaba en absoluto.

Intrigado por su actitud, Killian la siguió por el hangar, sorteando cajas de madera reforzada y cables de alta tensión que serpenteaban por el suelo como venas expuestas. Se sentía fuera de lugar, como un animal de ciudad en una jungla de hierro. Finalmente, llegaron a una mesa de trabajo maciza, iluminada por una sola lámpara halógena que vibraba con un zumbido constante. Sobre el metal, descansaba un zafiro en bruto del tamaño de un puño, oscuro y opaco, cubierto aún por una costra de sedimentos. —Bonito pisapapeles —comentó Killian, intentando recuperar el control de la conversación.

Elowen ni siquiera se dignó a mirarlo. Encendió un escáner de ultrasonido y ajustó los diales con una precisión quirúrgica.

—Si solo ves un pisapapeles, entonces tus ingenieros en la ciudad te están robando el sueldo, Draken —dijo ella en voz baja—.

—Esta piedra tiene una estructura de corindón con una saturación de hierro que destruiría cualquier broca estándar de diamante si se intenta tallar sin conocer sus planos de corte.

Killian se inclinó sobre la mesa, su hombro rozando casi el de ella. En ese espacio estrecho, el olor de Elowen no era a perfume caro; era un aroma limpio a jabón neutro y algo sutilmente metálico.

—Conozco el corindón —replicó él, bajando el tono y entrando en su juego—. Pero la resistencia a la presión depende de la pureza del entramado cristalino. Si esa piedra tiene mezclas de otros minerales, tu teoría de la densidad se va al traste. El acero de mi empresa necesita una base estable, no una gema que estalle bajo presión térmica.

Elowen se detuvo en seco. Apartó las manos del escáner y, por primera vez, lo miró con un destello de curiosidad genuina.

No era admiración romántica; era el reconocimiento de un cazador que encuentra a otro de su especie.

—Vaya —murmuró ella—. El playboy sabe leer diagramas técnicos. Me sorprende.

—No soy solo una cara bonita para las revistas, Elowen. Construí mi primer motor a los doce años y diseñé la aleación de la serie X-800 antes de graduarme. No me subestimes.

—Entonces no me des motivos para hacerlo —respondió ella. Tomó una pinza de precisión y señaló una minúscula grieta en el corazón de la piedra, visible solo bajo la luz—. Mira aquí. No es una mezcla común. Es una infiltración de titanio que ha crecido.

Si montas esto en tu acero usando un soporte tradicional, la diferencia de temperatura hará que la gema se convierta en polvo en cuanto el calor suba diez grados.

Killian observó la pantalla del monitor y supo que ella tenía razón. Era un detalle mínimo que sus propios expertos en Londres habrían pasado por alto en un análisis rápido.

—Necesitas un sistema de amortiguación térmica —concluyó Killian, olvidándose por completo de que estaba en un hangar polvoriento—. Una capa intermedia de wolframio o una aleación de níquel que absorba la diferencia de dilatación.

—Exacto —asintió ella, y por un breve segundo, su guardia bajó. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, iluminó su rostro—. Pero los Vanderbilt no quieren gastar en "capas intermedias". Quieren resultados rápidos y brillantes. Por eso me enviaron aquí; para que haga magia con material que requiere ciencia.

Killian la observó en silencio mientras ella volvía a sumergirse en los cálculos. Había algo hipnótico en la forma en que su mente trabajaba, ajena a las convenciones sociales o a la jerarquía de poder.

Para Elowen, él no era el heredero millonario, ni el futuro esposo de su hermana; él era simplemente un problema técnico que debía ser resuelto.

—¿Quién te enseñó esto? —preguntó él, genuinamente intrigado—. Tu técnica de análisis no es la que enseñan en las universidades prestigiosas. Es demasiado... práctica. Demasiado intuitiva.

Elowen se tensó apenas un milímetro. Tomó un trapo y comenzó a limpiar la lente del microscopio con movimientos lentos.

—Aprendí de los mejores —dijo con evasivas—. De la gente que se ensucia las manos, no de los que dictan conferencias desde podios de madera. En este lugar, o aprendes a escuchar lo que la piedra te dice, o terminas rompiendo algo valioso.

—Parece que has pasado mucho tiempo escuchando a las piedras —dijo Killian, su voz volviéndose más suave.

—Es preferible a escuchar a las personas —respondió ella, apagando la lámpara halógena—. Las personas mienten, Draken. Las piedras, bajo la presión adecuada, siempre revelan su verdadera naturaleza.

Poco después, el sol terminó de ocultarse, dejando a la mina de San Lorenzo sumida en un silencio absoluto, solo roto por el crujido del metal enfriándose bajo las estrellas.

Killian estaba de pie frente a su unidad habitacional, pero sus ojos no se apartaban del hangar de análisis. Había pasado las últimas horas viendo a Elowen trabajar; ella no se movía con la delicadeza coreografiada de Vianca o de las mujeres de su círculo, sino con una eficiencia brutal y elegante que lo tenía hipnotizado.

 Había algo en ella que lo desafiaba a un nivel que no era solo físico. Era la forma en que ignoraba su apellido, la forma en que sus manos expertas trataban las piedras como si fueran seres vivos.

Impulsado por esa curiosidad, caminó de vuelta al hangar. Sus botas levantaban pequeñas nubes de polvo rojo al entrar, y allí la encontró: sentada en su mesa de trabajo, con la luz de un flexo iluminando solo sus manos, que sostenían una gema en bruto bajo el microscopio.

—Deberías estar descansando —dijo Killian. Su voz sonó más profunda en el vacío del taller.

Elowen no se sobresaltó, pero sus hombros se tensaron apenas un milímetro.

—El trabajo no espera a que el sol salga, Draken. Además, prefiero el silencio de la noche. Las personas suelen hacer menos ruido cuando duermen.

Killian se acercó hasta quedar justo detrás de ella. Podía oler el rastro de ozono y tierra en su cabello. Sin pensarlo mucho, extendió la mano y tomó uno de los informes que ella estaba escribiendo.

—Estás forzando demasiado el ángulo de presión en este cálculo —comentó él, señalando una cifra con el dedo—. El acero Draken es resistente, pero si no dejas un margen de expansión del 2%, la gema terminará por ceder.

Elowen se giró en su silla, quedando a escasos centímetros de él. Sus ojos grises, cansados pero brillantes, lo recorrieron con una intensidad nueva.

—Te gusta tener siempre la razón, ¿verdad? —susurró ella. No era una queja; era una observación.

—Me gusta que las cosas encajen. Me gusta la precisión. Y tú... eres la persona más precisa que he conocido en mucho tiempo.

El aire entre ellos se volvió denso, cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con los generadores de la mina.

Killian sintió una urgencia extraña: la necesidad de que ella lo mirara no como a un cliente o a un heredero, sino como al hombre que realmente era debajo de los trajes caros. Por eso, no se movió para irse. Al contrario, arrastró una silla metálica y se sentó a su lado, invadiendo su santuario de trabajo.

—Enséñame —dijo él. Elowen arqueó una ceja, sorprendida.

—¿Qué quieres que te enseñe? ¿A ser un técnico de verdad?

—Enséñame a ver lo que tú ves en estas piedras. Olvídate del mercado, de las joyas y de los contratos por un momento. Solo enséñame la ciencia.

Elowen lo observó durante un largo minuto, buscando alguna señal de burla en su rostro. No encontró ninguna; solo vio una curiosidad genuina y algo más... una soledad que se reflejaba en la suya.

Ella suspiró, cedió un espacio en la mesa y le pasó el ocular del microscopio.

—Mira ahí dentro, Draken. No busques el brillo. Busca la imperfección. Ahí es donde reside la verdadera fuerza.

Durante las horas siguientes, el mundo exterior dejó de existir. No había deudas, ni compromisos pactados, ni una mansión en Hollow Cliff esperando para engullirlos. Solo estaban ellos dos, hombro con hombro, discutiendo sobre leyes físicas y estructuras moleculares bajo la luz amarillenta de la lámpara.

Cuando Killian finalmente se levantó para irse, entrada la madrugada, se detuvo en la puerta y la miró una última vez. Elowen se había quedado dormida sobre sus propios planos, con la mejilla apoyada en el dorso de su mano. Se veía tan diferente a la mujer feroz que lo había recibido por la mañana.

Killian sintió un tirón en el pecho que no supo identificar. No era amor, era algo más peligroso: era el inicio de una obsesión. Regresó a su habitación, pero mientras se quitaba la camisa, se dio cuenta de que no quería que el mes terminara.

Por primera vez en su vida, el ruido de la ciudad y el peso de su legado le parecían distracciones insignificantes comparadas con el silencio de esa mina y la inteligencia de esa mujer.

Se acostó mirando el techo de metal, con el sabor del café amargo y el olor a tierra de Elowen impregnado en sus sentidos. Sabía que se estaba metiendo en terreno pantanoso, que su familia esperaba que volviera para casarse con una Vanderbilt, pero mientras cerraba los ojos, solo podía pensar en una cosa: mañana tendría catorce horas más para estar con ella. Y pensaba aprovechar cada segundo.

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