CAPITULO LXVII

La vibración del teléfono la sorprendió con una sonrisa antes incluso de mirar la pantalla.

Fotos.

Larissa.

Anfisa se acomodó mejor sobre la cama, cruzando las piernas con un gesto casi infantil mientras deslizaba el dedo. La panza de su tía llenaba la imagen, redonda, firme, imposible de ignorar. En la siguiente foto, su mano descansaba sobre ella como si la estuviera acunando. Había algo profundamente tierno en esa forma de tocarse.

Sintió un calor suave en el pecho.

Le contestó con un corazón, con un “te ves hermosa”, con palabras que salieron fáciles porque eran verdad. Se sentía feliz por ella, genuinamente feliz, como si esa alegría ajena le perteneciera un poco.

Cuando dejó el teléfono a un lado, el silencio volvió… pero distinto.

Se recostó lentamente, de lado, llevando una mano distraída a su propio vientre, sin darse cuenta al principio. No había nada allí. Nada todavía. Su cuerpo seguía siendo el mismo, obediente, conocido. Lo sabía. Lo sentía. Su periodo no había fallado n
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