CAPITULO LXXV
Thomas cerró la puerta de la habitación con cuidado.

El clic fue suave.

La habitación estaba en penumbra. Cortinas gruesas, una lámpara encendida en el extremo opuesto, la cama amplia y perfectamente tendida como si nadie debiera tocarla todavía. Todo olía a casa cerrada… y a vigilancia.

Thomas se quedó de pie un segundo más de lo necesario.

Se llevó la mano al nudo de la corbata.

No la arrancó.

La aflojó con un gesto firme, el mismo con el que desarma una situación peligrosa. El nud
Ivette Diaz

El final me respira en la nuca

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