CAPITULO LXXVI

Thomas ya no recordaba la última vez que había dormido de verdad.

No micro-sueños en el asiento trasero de un auto.

No cabeceos breves entre llamadas.

Dormir, como antes: sin relojes, sin alertas, sin la mente calculando escenarios.

El trabajo no había disminuido. Había mutado.

Su imperio exigía presencia constante, y ahora la distancia lo obligaba a salir antes de que amaneciera y volver cuando la noche ya había devorado la casa. Reuniones encadenadas, vuelos, carreteras, decisiones que no
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