Thomas ya no recordaba la última vez que había dormido de verdad.
No micro-sueños en el asiento trasero de un auto.
No cabeceos breves entre llamadas.
Dormir, como antes: sin relojes, sin alertas, sin la mente calculando escenarios.
El trabajo no había disminuido. Había mutado.
Su imperio exigía presencia constante, y ahora la distancia lo obligaba a salir antes de que amaneciera y volver cuando la noche ya había devorado la casa. Reuniones encadenadas, vuelos, carreteras, decisiones que no