CAPITULO LXVI
La miró, sus ojos oscurecidos por el deseo y algo más. Algo más suave, más tierno.

Sus pechos llenos y firmes, sus pezones rosados y erectos, su cuello largo y delgado, su cintura definida, su pequeño monte de Venus con incipientes, delgados y pálidos vellos, y sus piernas dobladas y suaves.

Anfisa miró a Thomas intensamente; sus ojos azules reflejaban la luz de la luna. Podía ver el deseo ardiente en su mirada, la forma en que recorrían con avidez su cuerpo desnudo. La hacía sentir poderosa
Ivette Diaz

Nota para la editora: perdóname Adri, lo recorté 3 veces y aún así quedó muy largo.

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