CAPITULO LXXVII

Thomas permaneció de pie junto a la cama de Anfisa.

La habitación estaba en penumbra, apenas rota por la luz tenue que entraba desde el pasillo. Ella dormía boca arriba, el cuerpo relajado, las sábanas subiendo y bajando con su respiración tranquila. La había acomodado con cuidado, vistiéndola sin despertarla, asegurándose de que nada en su postura, en su ropa, pudiera ser malinterpretado por nadie más.

Había pensado en eso incluso antes de salir de su propia habitación.

La dignidad de Anfisa n
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