CAPITULO LXXVIII

La casa seguía respirando como si nada hubiera pasado.

Eso fue lo primero que notó y lo que más le molestó.

Las paredes intactas. Los muebles en su lugar. El silencio acomodándose otra vez en los pasillos, como un animal que vuelve a echarse donde siempre. Afuera, el jardín ya estaba acordonado, los cuerpos retirados y los intrusos detenidos. La sangre lavada con una eficiencia que rozaba lo obsceno.

Todo parecía… resuelto.

Thomas sabía que no lo estaba.

El perito se movía a unos metros, tomand
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