El símbolo brillaba con un fulgor carmesí sobre la piedra, como si la sangre que lo había trazado aún estuviera fresca después de décadas. Kael pasó los dedos por los surcos tallados, sintiendo un hormigueo inquietante recorrer su piel. La cueva, iluminada apenas por antorchas, parecía respirar a su alrededor.
Detrás de él, la anciana sacerdotisa Nura observaba con ojos nublados por la edad pero afilados por la sabiduría.
—Lo que has encontrado no debía ser descubierto, Alfa —murmuró con voz qu