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El amanecer se filtraba perezosamente entre las cortinas de la habitación principal. Lía observaba el techo, inmóvil, mientras escuchaba la respiración acompasada de Kael a su lado. No había dormido en toda la noche. Las imágenes del ataque seguían reproduciéndose en su mente como una película macabra: los gritos, la sangre, el miedo en los ojos de sus hijos.

Se incorporó con cuidado para no despertar a Kael. Su cuerpo aún dolía, pero las heridas físicas sanaban con rapidez gracias a su natural
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