El amanecer aún no despuntaba cuando Lía abandonó la cabaña. Había pasado la noche en vela, observando a sus hijos dormir con respiraciones cada vez más agitadas. Los tres ardían en fiebre, sus pequeños cuerpos sacudidos por escalofríos ocasionales, mientras marcas plateadas —como venas luminosas— comenzaban a extenderse desde sus muñecas hacia sus brazos.
"Ven a mí", susurraba la voz en su cabeza. "Solo tú puedes salvarlos."
Lía besó las frentes ardientes de sus pequeños antes de salir. Había