El amanecer apenas se asomaba entre los árboles cuando Lía comenzó a entrenar. El claro del bosque, húmedo por el rocío matutino, se había convertido en su santuario durante los últimos días. Sus pies descalzos sentían cada vibración de la tierra mientras esquivaba los ataques de Selene, quien se movía con la agilidad de quien ha sobrevivido a demasiadas batallas.
—Más rápido —ordenó Selene, lanzando un golpe que rozó la mejilla de Lía—. Los exiliados no te darán tiempo para pensar.
Lía giró so