La niebla se arrastraba entre los árboles como dedos fantasmales, espesándose alrededor de los límites de la manada. Lía observaba desde la ventana de su habitación cómo las luces del perímetro parpadeaban, debilitándose por momentos antes de volver a brillar con intensidad. No era normal. Nada lo era desde hacía días.
—¿También lo sientes? —preguntó en voz baja, sabiendo que no estaba sola.
Detrás de ella, Kael permanecía en el umbral de la puerta, su imponente figura recortada contra la penum