La manada está al borde del abismo, y yo siento cómo ese borde se desmorona bajo mis pies. No es solo la fría madrugada o el viento que se cuela entre las ramas. No. Es algo más oscuro, más profundo. Algo que se mete en los huesos y no te deja respirar. Desde hace días, la sensación de ser observados, acechados, no nos abandona. Ni siquiera en los momentos más seguros, en el calor del fuego, cuando los niños duermen y el silencio debería ser un refugio, el miedo se cuela por las rendijas.
—Lía,