Todo el bosque estaba en silencio.
No el silencio normal que precede al aullido de los lobos o a la carrera de una presa asustada. No. Era un silencio contenido, profundo, como si los árboles mismos contuvieran el aliento. Como si la tierra estuviera a punto de abrirse y revelarnos sus secretos más oscuros.
Estaba arrodillada junto a mis hijos, el corazón latiéndome con una fuerza dolorosa en el pecho, los nudillos blancos de tanto apretar sus pequeñas manos. Sentía sus dedos temblar dentro de