El silencio después de ese nombre no fue normal.
Fue pesado.
Oscuro.
Peligroso.
—¿Quién? —pregunté, sintiendo cómo el miedo regresaba con más fuerza.
Nikolai no respondió de inmediato.
Sus ojos estaban fijos en la ventana, calculando, evaluando.
Como si el tiempo se estuviera acabando.
—Se llama Viktor —dijo finalmente.
—¿Viktor qué? —pregunté.
—No importa su apellido.
Su voz fue firme.
—Importa lo que es.
Adrián soltó una pequeña risa sin humor.
—Un fantasma —añadió.
—No —corrigió Nikolai—. Al