El desayuno llegó a mi habitación como si fuera una invitada de honor.Bandeja de plata. Café recién hecho. Frutas perfectamente cortadas.La ironía casi me hizo sonreír.Una reina en cautiverio.No había vuelto a ver a Nikolai desde el intento de asesinato. La mansión estaba más silenciosa de lo normal. Más guardias. Más tensión.Golpearon la puerta.No esperaron respuesta.Entró él.Sin chaqueta esta vez. Solo camisa negra, mangas arremangadas hasta los antebrazos. El detalle no era casual. Nada en él lo era.—Intentaron matarme y tú duermes como si nada —dijo.—Si quisieran matarme, ya lo habrían hecho.Se acercó a la mesa, observando la bandeja intacta.—No has comido.—No tengo hambre cuando me vigilan.Levantó la mirada hacia las cámaras en la esquina.Un segundo después, sacó su teléfono y escribió algo.Las luces rojas de las cámaras se apagaron.Mi pulso se alteró.—Cinco minutos —dijo—. Nadie nos escucha.Eso era nuevo.Eso era peligroso.—¿A qué debo el privilegio? —pregunt
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