El olor a metal y pólvora todavía estaba en el aire cuando encerraron a Mikhail en la sala subterránea.
La misma sala donde Nikolai interrogaba traidores.
La misma sala donde nadie salía igual.
Nikolai ya estaba vendado. La herida en su costado no era mortal, pero sí profunda. Aun así, se negó a descansar.
—No entrarás —me dijo cuando intenté seguirlo.
—Disparó para matarme.
—Precisamente.
Su tono era firme.
Pero su mano, aún manchada con mi sangre y la suya mezcladas, tembló apenas cuando ajus