El estruendo de las ráfagas de fusil contra la puerta de acero resonó en el sótano, y el polvo se desprendía del techo en nubes grisáceas, mezclándose con el olor a ozono, pólvora y el rastro metálico de la sangre fresca.
— ¡Muévanse, ahora! — rugió Lorenzo, apostándose junto al marco de la entrada mientras las chispas de los impactos saltaban a centímetros de su rostro.
Elara tiraba de la camilla de Dante con una desesperación que le quemaba los tendones de los brazos. Las ruedas chirriaban, p