Elara despertó con el sabor metálico del pánico en la lengua, el balanceo del coche había cesado, sustituido por la quietud sepulcral de una habitación que olía a lavanda y productos de limpieza.
Se incorporó de golpe, pero un mareo violento la obligó a cerrar los ojos, al abrirlos, la figura sentada frente a la cama la hizo retroceder hasta chocar con el respaldo.
— Estás a salvo, Elara — dijo Lorenzo, dejando un vaso de agua sobre la mesita de noche — Mi equipo te sacó de ese puente segundos