La residencia de Alejandro estaba situada en las afueras de Milán, y Elara se sentía encerrada en una jaula.
Esa mañana, se despertó con el sabor amargo de la bilis en su boca, y corrió al baño, abriendo todos los grifos para que el sonido del agua camuflara sus arcadas ante los micrófonos ocultos.
Se apoyó en el lavabo, pálida, observando su reflejo, y sus dedos rozaron su vientre plano. El secreto quemaba, Alejandro creía tenerla bajo control, pero no sospechaba que el instinto de una madre e