Elara guardó el teléfono con dedos temblorosos, el mensaje de Lorenzo era una sentencia de muerte, Alejandro ya sabía lo de Bianca. Antes de que pudiera reaccionar, el estruendo de neumáticos sobre la grava y el grito de órdenes militares anunciaron que el tiempo se había agotado.
— ¡Quédate atrás, Dante! — siseó Elara, empujándolo. Dante había regresado para pasar la noche con ella — Si sales ahora, nos matarán a los dos. Confía en mí.
La puerta del loft se abrió, y Alejandro Marchesi entró co