El ala este de la mansión Montaño era un esqueleto. Giacomo bufó cuando Elara presionó la gasa sobre su hombro con una fuerza deliberada.
— Solo es un rasguño, Giacomo. Isabella tiene mejor puntería de la que crees — sentenció ella con ojos gélidos.
— Clausuraremos las bodegas — gruñó el viejo, mirando las llamas — ¡Pero esta casa sigue en pie! ¡Y nosotros también!
Dante, flanqueando a su padre como un juez silencioso, siseó con desprecio.
— Casi nos matas por tu egoísmo, y Vincenzo te usó como