El estruendo del disparo de Isabella retumbó en la bodega, apagando por un segundo el siseo del gas. Giacomo se tambaleó, soltando un rugido de dolor mientras se sujetaba el hombro ensangrentado.
— ¡Maldita seas, Isabella! — bramó el patriarca, cayendo de rodillas. El arma se deslizó por el suelo, quedando a pocos centímetros de la bota de Dante.
Alejandro, desde el muelle superior, no esperó más, al ver a su mentor herido y a Vincenzo vulnerable, abrió fuego contra los mercenarios de los De Lu