El antiguo invernadero de los De Luca estaba devorado por la maleza. Al cruzar el umbral, un chirrido estático rasgó el aire y una voz infantil inundó el recinto.
— ¡Papá, mira cómo crecen las orquídeas! — era la voz de Elara, grabada décadas atrás.
Ella se detuvo en seco, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío nocturno, Dante, a sus espaldas, mantenía su arma Beretta baja, pero sus ojos escaneaban cada sombra entre los helechos gigantes.
— Usa tu dolor como arma, Elara.