El papel crujió bajo el calor de las llamas, retorciéndose como un ser vivo que se niega a morir. El aire en la oficina de Nicolás Leone, ese despacho que durante décadas fue el epicentro del dolor en Milán, estaba saturado de ceniza volante y el olor acre de la tinta vieja.
Dante arrojó el último libro de contabilidad al hogar de mármol. Sus ojos, dos pozos de tormenta, observaron cómo los nombres de políticos comprados y deudas de sangre se convertían en jirones de fuego. Marco De Luca, de pi