El helicóptero sobrevolaba la cabaña, proyectando sombras erráticas sobre la nieve. Dante, ya de pie pero con la mirada aún turbia, apretaba el rastreador metálico con los nudillos blancos.
— ¿Por qué nos vendiste, Dante? — susurró Elara, apuntándole directamente al pecho. El cañón de la Glock no temblaba, pero sus ojos delataban una fractura interna insalvable.
Él se acercó un paso, ignorando la amenaza del arma, y la obligó a mirarlo, el pánico de la oscuridad había mutado en una lucidez amar