El primer impacto de bala astilló la columna, y Dante respondió con una ráfaga precisa, moviéndose con la calma antinatural de quien ha nacido entre casquillos.
— A la cocina, tras la isla de granito — rugió Dante mientras recargaba su arma. Elara obedeció, deslizándose por el suelo, con la Glock contra su palma sudorosa.
El estruendo de los fusiles golpeaba contra el blindaje de la casa. Dante se posicionó junto a ella, mientras vigilaba los monitores.
— No son solo mercenarios, son profesiona