La pasarela del yate descendió como una lengua de acero sobre la arena. Elara se retorció en los brazos de Dante, su piel ardiendo bajo el frío de la cala. Una nueva contracción le arrancó un gemido que se perdió en el rugido del mar. El dolor era una marea viva, una fuerza biológica que la estaba partiendo desde el centro de su ser.
— No des ni un paso más, Alejandro — rugió Dante. Su mano libre buscó la culata de su arma, pero sus dedos, entumecidos por el agua gélida y la fiebre, apenas resp