El techo de acero rugió, un lamento de metal torturado que escupió remaches como balas sobre el suelo. El código rojo parpadeaba en la pantalla destrozada, la llave hacia el infierno.
— ¡Muévete, ahora! — rugió Dante, tirando de Elara hacia la brecha que la explosión acababa de abrir en el hormigón. El aire se llenó de un polvo asfixiante mientras los cimientos de la Croce cedían sobre sus cabezas.
Debajo de ellos, una escalera de caracol oxidada se hundía en las entrañas de la montaña. Era una