El Palacio Real de Milán brillaba con una opulencia que ocultaba la podredumbre de su élite. Elara, enfundada en un vestido de seda color medianoche que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, caminaba del brazo de Dante Montaño.
Él lucía un esmoquin impecable, pero su mano, apoyada firmemente en la cintura de ella, era un recordatorio constante de que no era una invitada, sino un trofeo.
— Sonríe, Lyra — murmuró Dante al oído de ella, su aliento rozando el lóbulo de su oreja — La mitad de