El agua helada del canal se tragó el coche blindado con un rugido metálico, y Elara sintió el impacto en las costillas. La oscuridad era absoluta, rota solo por el parpadeo agónico de las luces del tablero, y el silencio del fondo del río fue más aterrador que el estruendo del choque.
Dante no se movía, su cuerpo seguía sobre ella, era una masa inerte que la protegía contra el asiento.
— ¡Dante! — gritó Elara, pero solo obtuvo un chorro de agua en la boca.
El agua subía rápido, filtrándose por