Clara se dejó caer en la silla junto a la camilla, con el rostro cubierto entre las manos. El monitor seguía marcando el pulso débil de su madre, un sonido irregular que la estaba volviendo loca. No quedaba tiempo. La enfermera le había dicho que, si en una hora no llegaba el donante, ni siquiera una transfusión tardía serviría. La sangre era rara, difícil de conseguir, y solo Sofía tenía ese tipo.
Se pasó las manos por el rostro, los ojos hinchados, la respiración temblorosa. Quiso convencerse