Clara dejó caer el teléfono apenas terminó la llamada. No pensó, no sintió el frío del suelo ni el peso de su propio cuerpo cuando se puso de pie. Solo alcanzó a decirle al mayordomo que cuidara de su hijo, que no importaba la hora ni la cena ni nada más, que se quedara con él y no se moviera de la casa.
Su voz salió rota, cargada de una urgencia que ni ella entendía del todo, y sin esperar respuesta, salió.
El trayecto al hospital fue una secuencia borrosa de luces, bocinas y calles que se cru