Meses después, Miguel acompañó a Clara a uno de sus chequeos regulares; caminaba junto a su prometida, sosteniéndole el bolso y la carpeta con sus exámenes. Había aprendido a acomodarse en ese papel, el de acompañarla sin quejarse, el de estar siempre disponible para sus citas médicas, para sus antojos repentinos. Era un ejercicio constante de paciencia y de disciplina, como si la vida le hubiese impuesto un papel que no había ensayado, pero que debía interpretar sin titubear frente al público.