El rugido de los motores era un himno de libertad. En la pista, Sebastián sentía cada vibración del auto como una extensión de su propio cuerpo. La curva cinco, la más traicionera, se acercaba. Respiró hondo, ajustó las manos en el volante y, con una precisión milimétrica, trazó la línea perfecta, derrapando ligeramente antes de acelerar en la recta. Una sonrisa de pura satisfacción se dibujó en su rostro bajo el casco.
Al reducir la velocidad y acercarse al pit, su mirada buscó instintivamente