Gracia abrió de golpe la puerta de la mansión y se dejó caer en el sofá. Respiró hondo, tratando de calmar el torbellino que le sacudía el pecho, pero las imágenes seguían repitiéndose en su mente como una pesadilla obsesiva: Maximilien abriéndole la puerta del auto a Lauren, tan atento, tan familiar. Una y otra vez, la escena se repetía con cruel nitidez. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo.
—¿Cómo pude ser tan ciega? —susurró con la voz quebrada—. Era obvio… Maximilien solo se está venga