Gracia abrió los ojos. La luz se filtraba distinta, más pálida, atravesando las cortinas gruesas de un hotel en Shanghái. El murmullo de la ciudad era lejano pero constante, como un rumor que nunca descansa. Todo se sentía diferente: el aire húmedo, el olor a especias que se colaba hasta la habitación, y sobre todo, la certeza de que las pesadillas habían quedado atrás.
La puerta se abrió y Maximilien entró con una bandeja. Sus pasos sonaban ligeros, relajado. Sonrió, colocando la bandeja frent